~ GASTROMANÍA (11): ‘Tratado sobre la resaca’, de Juan Bas

Guía para curdelas profesionales.

Guía para curdelas profesionales.

Llegan jornadas de fiesta, empiezan y no acaban los saraos, tanto los familiares como los que uno mismo se busca distraídamente o los que se encontrará callejeando y haciendo amigos. Tarde o temprano, llegará esa terrible mañana triste (tras noche alegre) y volverás a verlo todo de color gris marengo casi negro. Para afrontar con un mínimo de estoicismo esos despertares sin futuro conviene estudiarse a fondo el Tratado sobre la resaca, guía para curdelas profesionales. El guionista y novelista bilbaíno Juan Bas, profundo conocedor del tema, dirige su ensayo al bebedor habitual, no al que se agarra “un pedo reglado sólo en Nochevieja o en una boda”, ni al crío que reduce su ingesta al botellón de los sábados. Maldigo, por mera envidia, a quienes no sufren esos clavos demoledores. Yo tuve un amigo que no conocía resaca y era capaz de levantarse como una rosa después de una tarde-noche de tripi (seis cubatas de Larios le dejaban las mismas secuelas que un zumo de granada y bayas de goji), pero no todos somos titanes. El autor de Alacranes en su tinta clasifica en este tratado los diferentes tipos de resaca. En total, más de treinta clases, algunas con sus correspondientes subclases, como la resaca rijosa, que puede ser onanista, folladora u homosexual (en archiprobados heteros). Según su investigación, el malestar postalcohólico puede ocasionar desde una actitud tranquilamente contemplativa (por la ralentización mental) a una conducta enajenada sicótica de carácter agudo. Bas dedica un capítulo a los remedios paliativos, entre ellos el Bloody Mary, y anota una propuesta jurídica de lo más interesante: que la resaca, al igual que la intoxicación etílica, pueda esgrimirse como atenuante e incluso como eximente en pleitos penales. Personalmente, y por cuestiones de edad, cada vez me gusta más beber y menos emborracharme, pero de vez en cuando aún se me va la mano (o el codo) y vuelvo a despertarme -como diría un noruego- con “carpinteros en mi cabeza”.

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