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~ GASTROMANÍA (25): ‘Absolución’, de Rafael Berrio

Cubierta de Absolución (ed. Comares).

Mientras vaya uno riéndose de sí mismo, tanto en la alcoba como en el Gran Teatro, estará momentáneamente a salvo. Pase lo que pase, siempre va a ser mejor tomarse en solfa los propios triunfitos y los innumerables tropiezos, ya sean sentimentales o mundanos. Como buen especialista en ironía, el músico y poeta Rafael Berrio (1963-2020) confesó en una entrevista que el hecho de ser -como era- autor de culto apenas si le daba «para arroz integral y vino corriente». No sabía si dedicar esta reseña al conjunto de sus letras para cantar, reunidas en Absolución, o sólo a su canción Saturno, homenaje directo al vino, que él define aquí como «la pausa en el suplicio» y «el único respiro»… Al final, citaré sin prisa varios textos salpicados del néctar de Dioniso, no sin antes recordar este verso del griego Alceo de Mitilene: «No plantes ningún árbol antes que la vid». Homenajeando a Baudelaire, el músico donostiarra canta en Saturno a los muchos bebedores de este mundo. Así, habla del «vino de los amantes que lo beben frente a frente» o del «vino de los sin techo, que los mece y los abriga». También del «vino que invoca a la musa y del que trae la mala idea», del «vino bronco de la pelea». O del ambiguo y compasivo «vino de los entierros tras el caer de la losa». Con gran tristeza, se lamenta y se queja ante el implacable Cronos-Saturno de que, «en nombre de los galenos», le haya quitado el vino. Si quieren ahorrarse el reproche ante un dios tan antipático, no se les ocurra ir al médico.

Rafael Berrio, vino y guitarra en ristre.

A la hora de componer, Rafael Berrio partía siempre de sus trabajados textos, contundentes y a la vez sutiles, líricos pero con garra, llenos de rimas elegantes, sorprendentes, inusitadas. Sólo cuando tenía un buen puñado de letras, se encerraba a buscarles esa música que estaban pidiendo. Le dedicaba más al poema que a la melodía, que afirmaba interesarle poco. Tal vez por eso su obra no abunde en tonadas ni enrevesadas ni pegadizas, sino todo lo contrario. La retórica, como arte de bien decir, está en sus escritos. Pero pese a haber sido tan merecidamente halagado como letrista, quiero reivindicar aquí su talento como compositor: al fin y al cabo, tenía tanto de Pedro Abelardo como de Lou Reed. Y tanto de Leonard Cohen o Carlos Gardel como de Omar Kayyam, a quien cita en una de las canciones de Diarios: «Leí un cuarteto de un persa / que compara el amor al vino. / Encierra ese verso divino / una verdad sencilla y tersa. / Pero el amor… ¡es cosa más diversa! / El amor es una cosa rara.» El texto era, pues, el punto de partida y ¡hay que ver cómo se complicaba con la métrica! En fin, para eso están las corcheas y las semicorcheas, para calzar todo el verso -por cojitranco o patilargo que nos parezca-, para cantar todo lo que uno quiera contar… Y él siempre salía airoso gracias a su particular fraseo, a veces diligente, a veces trastabillante. Tal como contó en el programa televisivo Mapa sonoro, trabajaba con ahínco y sin saber muy bien por qué en su «secreta ambición»: lograr «la canción perfecta».

Portada del disco Paradoja con ilustración de Florentino Aramburu 'Detritus'. de Detritus

Portada del disco Paradoja, con ilustración de ‘Detritus’.

En un conmovedor texto a modo de tributo póstumo, el músico y pintor Diego Vasallo, que tuvo la suerte de tenerle como amigo, recuerda las horas en que exploraban juntos el barrio donostiarra de Amara, y más allá, siempre en pos de «los viejos bares sin música, las tabernuchas, de esas que ya no queda ninguna, las bodegas antiguas». Durante aquellas batidas, Berrio se mostraba muy exigente -cuenta Vasallo- y «era capaz de rebuscar a través de la noche hasta dar con el local deseado: cutre, semivacío y con clientela sospechosa.» En Dadme la vida que amo, ya manifestaba su fervor por «las tabernas del suburbio portuario». Muchos chatos (o txikitos), risas y pelotazos a buen precio debieron caer durante aquellas correrías de nictófagos más o menos vinolentos o, como dice en Niño futuro, «nocherniegos de corazón». Y más de un clavo sería el consabido resultado de tanto trago a deshoras, aunque esas jaquecas agudas también puedan ser preludio de cambios favorables: «Ayer pasé una infernal resaca / y tuve una revelación: / es el principio de una buena racha, / os lo creáis o no.» La resaca moral, aquella que provoca un arrepentimiento intenso y transitorio, se expresa en su treintañera No pienso bajar más al centro, entrañable miserere escrito junto a su hermano Iñaki desde su remoto refugio del barrio de Egia.

Rafael Berrio (1963-2020).

El vino aparece en al menos trece de sus poemas*, entre ellos Absolución, que arranca así: «De la difícilmente soportable / realidad que nos envuelve / el vino nos absuelve.» Y más adelante sospecha que tal vez uno no pueda encontrar el corazón del misterio «muy lejos de la copa que tiene enfrente.» En Mis amigos tilda cariñosamente a sus colegas de «borrachos distinguidos», de «cerdos de las granjas epicúreas, melancólicos a fuerza de placer» con quienes apurar «esta botella que tenemos en común» (la vida coetánea) y, ya puestos, entonar al unísono el memorable la-la-la que remata la canción. A esa querencia por la bohemia compartida, Rafael Berrio unía también cierta propensión a la soledad monástica, tan propia de los espíritus creadores. Así, en Casa aislada –una de sus letras póstumas- sueña con una retirada casona en la que no faltaría «un cargamento de botellas de vino de Oporto en la despensa.» Y en otro plan de fuga, Exilio campestre -también inédito y sin musicar- busca en compañía y «tan lejos de todo» un lugar en «que el vino proclame / la sola certidumbre / de sabernos juntos / porque nos queremos.» En una de sus muchas canciones geniales, Un corazón al revés, clama por «un corazón ebrio de vino / que en los bancos dijera la verdad.» Trenzando una hermosa paradoja, en Niente mi piace reivindica lo cotidiano como antídoto contra el tedio vital y social -si no es otra ironía marca de la casa- y enumera maneras domésticas de perder el tiempo (de «relamerse en la lentitud») y queridos rituales de a diario, como «beber, por ejemplo», o «bajar al bar». Y al final la vida, con todos sus hastíos y su declinante alegría, resultará ser sólo eso.

* Entre las canciones con notas vinícolas que no se citan expresamente en este artículo, figuran Algo que se lleva en la sangre, Es simple, Arcadia en flor y Mis ayeres muertos.