~ CUENTOS PARA SIBARITAS (V)

Alfonso Reyes (1889-1959).

Alfonso Reyes (1889-1959).

EL COCINERO, de Alfonso Reyes. Así como antiguamente los vecinos llevaban al horno comunal los cochinillos y otras viandas crudas para que el fuego cumpliera su alquímica misión, en este microcuento los letrados acuden con palabras recién inventadas. Un cocinero les ayuda a acabar su obra y les devuelve los vocablos en su punto para que puedan degustarlos y digerirlos sin temor. Ahora bien, el resultado de la cocción es siempre incierto: en una ocasión, el chef hornea huelga y sale juerga, lo que provoca una sonada protesta popular. En otro ejemplo, la palabra motín se somete a un asado civilizatorio y reaparece como mitin, una transformación visionaria y que le vale al cocinero la máxima condecoración culinaria: el Cordon Bleu. Las cosas se tuercen, o atascan, cuando un grupo de sabios aparece con una palabra enorme, Dios, y el cocinero la echa al fuego… El sucinto relato forma parte de Calendario -obra publicada en 1923- y refleja la obsesión gastronómica del escritor mexicano, autor de unas Memorias de cocina y bodega y de un Debate entre el vino y la cerveza.

Quim Monzó (1952).

Quim Monzó (1952).

SOBRE LA VOLUBILITAT DE L’ESPERIT HUMÀ, de Quim Monzó. Si en el cuento reseñado previamente se hornean palabras para su consumo una vez asadas, el protagonista de Monzó recorta letras y se las zampa crudas. Empieza con caracteres sueltos, sigue con sílabas, pasa a palabras enteras y, al cabo de unos días, ya ha reemplazado los alimentos convencionales por una dieta cien por cien literaria. Poco a poco aprenderá a distinguir entre las diferentes tipografías: la times, por ejemplo, le sabe a poco y le deja tan indiferente que llega a compararla con “un lluç bullit” (merluza hervida). No tardan en llegar los ensayos -con sus errores y aciertos- en materia de maridaje. Entre sus hallazgos, la armonía entre un buen penedès y los tipos sans-serif o de palo seco (sin remates en los extremos). Pronto el literófago no se conformará con meros recortes y pasará a engullir revistas enteras, prospectos farmacéuticos, tochos de enciclopedia y cosas bastante peores. El escritor y periodista catalán, autor de hilarantes columnas gastronómicas, incluyó la historia del devorador de letras en su volumen de cuentos Uf, va dir ell.

Haruki Murakami (1949).

EL AÑO DE LOS ESPAGUETIS, de Haruki Murakami. ¿Qué ofensa, síndrome o infortunio llevaría al joven protagonista de este relato a enterrarlo todo, retirarse y ponerse a cocinar espaguetis todos los días de 1971 “como si fuera un acto de venganza”? No lo sabemos, pero nos cuentan que, al menos durante ese año de su vida, él “hacía espaguetis para vivir y vivía para hacer espaguetis”. Después de agenciarse una enorme olla de aluminio “donde habría cabido un perro pastor alemán”, hace acopio de recetarios y de especias a fin de soportar un año entero comiendo y cenando de espaguetis. Ya sean alla napoletana, ya al aglio e olio, siempre los engulle en silencio y en soledad, acompañados de una sencilla ensalada de lechuga y pepino. ¿Los espaguetis como trasunto de la vida individualista, egocéntrica e insolidaria? Tal vez, porque ese apego delirante a un solo ingrediente le sirve también como pretexto (“es que ahora tengo los espaguetis al fuego”) para desatender los asuntos ajenos y evitar relacionarse con nadie. En este cuento de su libro Sauce ciego, mujer dormida, Murakami traza el drama doméstico de un hikikomori o ermitaño gastronómico.

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