~ GASTROMANÍA (18): ‘Sobrebeber’, de Kingsley Amis

Kingsley Amis, visto por Terence Donovan.

Nunca están de más los consejos de un experto bebedor cuando se tiene asumido que a uno le puede el vinacho y que, con cierta frecuencia, dos vasos pueden convertirse en dos botellas, a veces entre un par de cañas y un pelotazo doble (servido a la española). De todas formas, con eso de la edad y de aprender a escuchar al cuerpo, voy decantándome hacia la mesura y la frugalidad -virtudes mallorquinas-, con lo que cada vez me gusta más beber y menos emborracharme. Ni tanto (como en los dorados años de adolescencia y juventud) ni tan poco, pero admito que me cuento entre esa mayoría de gente que “prefiere beberse dos vasos de un oporto decente que uno de cosecha especial”. No soy nada sibarita, ni nada connoisseur, y suscribo este “principio general” anotado por el escritor británico Kingsley Amis en Sobrebeber, manual editado por Malpaso y que reúne tres libros: Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa, serie de cuestionarios sobre el bebercio. Por cierto, ¿puede haber algo más desolador que una copa vacía en combinación con un camarero ausente o un anfitrión cicatero?

Junto a su hijo, Amis, en foto de Dimitri Kasterine.

El novelista y poeta antirromántico, que formó parte de los Angry Young Men, se revela como un excelente patronio, ya que predica como bebedor practicante, esto es, con orgullo y conocimiento de causa. No sólo brinda sus recetas de bebidas cortas, tragos largos y mejunjes calientes, sino que explica cómo armar una alacena de licores y otros ingredientes de coctelería imprescindibles para convertirse en un buen barman de andar por casa. En mi caso, el repertorio se reduce mucho, pues sólo me dedico al vino y la margarita, “una de las bebidas más deliciosas del mundo”, según el autor. Estamos de acuerdo. Menos deliciosa resulta la resaca, si se pimplan más de cuatro. Kingsley da consejos para no emborracharse en una fiesta y, si eso ha resultado imposible, para encarar una resaca en su doble vertiente: corporal y metafísica (la dura “resaca moral”, que decía un compañero de tragos). Para aplacar esta última, incluso recomienda lecturas y piezas musicales, como el Concierto para trompeta, de Joseph Haydn. Yo acostumbro a dedicar las mañanas de resaca a limpiar a fondo la casa, tal vez como forma de penitencia, pero suelo hacerlo en silencio. De lo que más me gusta de Sobrebeber, la interpretación que hace el autor sobre el atroz despertar de Gregorio Samsa como mero efecto de un resacón. Y ahora recuerdo una mañana en que, junto al gran periodista Kiko Mestre, nos despertó en una casa de huéspedes de Donosti el incisivo aroma de la txistorra que se estaba friendo la casera para desayunar, otra manera de empezar con mal pie una soberana jaqueca.

Portada del ensayo editado por Malpaso.

 

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