~ TINTO DE VERANO 2020

Cuadro de la Fonda Pepe, en Formentera.

Disculpen que hable de mí, pero algo malo había de tener el confinamiento. Un servidor, que aún está en fase -2, se lo ha pasado pensando en cómo serán los bares de esa neonormalidad que tan y tan mal pinta. Cómo serán los que puedan volver a levantar la persiana, claro. Es posible que haya empezado a añorarlos… Ya ha arrancado alguna terraza en Formentera, una de las islas que está liderando la desescalada y que este año se librará de las hordas vocingleras de italianos para volver a ser -¡en plena canícula 2020!- aquel edén que fue a mediados de los 60, antes del verano (o los veranos) del amor. Aunque con la boca pequeña, ya se ha empezado a especular con la posibilidad de que lleguen los primeros turistas a Baleares a principios de julio. Si  eso sucede, será a buen seguro con cuentagotas y leeremos titulares del estilo Aterrizan en Palma los 40 primeros titanes procedentes de Göteborg. Los viajeros volverán a ser intrépidos y a ser vistos como bichos raros, tal como se percibía a aquellos peluts que eran cazados en batidas y expulsados de la pequeña pitiusa hace sólo 50 años. Hoy por hoy, a 8 de mayo, tenemos únicamente una certeza a ojos vista: los hoteles siguen cerrados a cal y canto. En cuanto a las terrazas, a mí me interesan muy poco, porque no soy de salir de casa para sentarme y mucho menos para apalancarme en una mesa. Soy más bien escurridizo e inestable. Además, ¿qué necesidad hay de asentar las posaderas para echar un vino? Nunca fui un hombre cansado, sino todo lo contrario: como un buen día me definió el escritor de narraciones y canciones Juan Pablo Caja, sigo siendo “un ser móvil”.

Vista aérea del bar Ricardo, de lo mejor de Valencia.

Es francamente difícil hablar de bares sin ponerse a hablar enseguida de uno mismo. Los bares son de las cosas más personales que pueda haber. Dime qué bares te gustan o de qué bares presumes y te diré quién no eres… Pero ahora no se trata de revelar preferencias, sino de ver si seremos capaces de volver a esos bares que ya no serán lo que eran, si lograremos reconocerlos cuando estrenen una segunda vida. No, no recordaba que Pere, Ana o Joseba me hubieran recibido nunca tan distantes y con un pistoletazo de termómetro a modo de acogida. Ni que me atendieran con un tapabocas que además les oculta nariz, mentón, mofletes… Tampoco recordaba que sus manos fueran tan eléctricamente azules y jamás les vi servirme la gilda o la ensaimada con esas largas pinzas de chef. ¿Y qué ha sido de los pinchos y del tapero? ¿Dónde están esas cazuelas salseras que te hacían salivar a primera vista? Ni rastro. Para colmo, han desaparecido las banquetas de la barra y donde había diez mesas, ahora sólo hay cinco. El piso, eso sí, resplandeciente: más que una tasca mediterránea, esto parece una pista nórdica de patinaje. El aroma a lejía y otros brebajes desinfectantes tampoco ayuda a abrir el apetito. En clave más positiva, es probable, muy probable, que las nuevas normas para hostelería traigan consigo un incremento del nivel higiénico imperante. No sé si alguna vez se habrán entretenido en seguir los erráticos vaivenes de una bayeta de bar, pero… ¡No, no lo hagan! En el bar hay cosas que es mejor no ver (e incluso no tocar). Desterrado de mi hábitat natural, la barra, cuyo uso ya ha sido prohibido en Lituania, tampoco voy a resignarme a que me embutan entre mamparas aislantes como si fuera un presidiario o un cobaya. ¡Ya he dicho que no pienso sentarme!

 

 

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