~ DE ESTE OFICIO (II)

El crítico gastronómico de la película 'Ratatouille'.

El crítico gastronómico de la película ‘Ratatouille’.

Más puntos y comas para desmontar la leyenda esa de que ser plumilla gastronómico es un auténtico chollazo.

3) El oficio de redactor gastronómico no implica que tu vida se convierta en vidorra. Muchas veces te toca comer o cenar mal o muy mal, más de la cuenta, a desgana y además solo. Solo -sin acento- tanto en la mesa como en el comedor. Las temporadas en que me ha tocado tener que comer y cenar por ahí quince días seguidos han sido un suplicio. Me imagino que ejercer de inspector durante todo el año ha de ser un oficio insoportable y, sin duda, de alto riesgo. Comer solo, además, aunque caigan fuentes de nécoras y percebes, es una maldición… sobre todo si te acuerdas de la tortilla de sobrasada, alcachofas y hierbabuena que estarías haciéndote en casa, en buena compañía y mientras suena un disco de John Martyn.

4) Ligado con el punto anterior, hay que decir que ser periodista gastronómico no consiste en ir de restaurante en restaurante. También es entrevistar a un payés, tratar de explicar una intrincada receta o descubrir al lector los garbanzos verdes. La gastronomía es muchísimo más que el mero sector de la restauración pública. Una cosa es la restauración, que no es más que una actividad económica, y otra muy distinta la alimentación. De hecho, los restaurantes son los árboles que no nos dejan ver el bosque. Como bien apunta en su ensayo Bueno, limpio y justo el sociólogo Carlo Petrini, fundador de Slow Food, “uno no se convierte en gastrónomo sólo por frecuentar restaurantes”. La peregrinación por restaurantes no te librará nunca de seguir siendo un ignorante supino en materia gastronómica.

5) La independencia es tarea difícil, pero no imposible. Como en todo lo demás, es cuestión de concederse la libertad que uno mismo decida, asumiendo de buen grado los riesgos consiguientes. Uno de esos riesgos es que ciertos editores -los más tontos- te ninguneen y te reemplacen por agentes comerciales con aficiones periodísticas, es decir, perpetradores de publirreportajes tan interesados como infumables. Publirreportajes cursis, complacientes y paniaguados que, para más inri, se publican sin advertir -mediante la correspondiente leyenda- que se trata de publicidad, lo que implica un fraude a los lectores. Pero a empresarios y mercenarios el lector les importa un pimiento.

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